En el sector agroalimentario, ¿Podrá 2019 ser un año dorado para el comercio exterior?

Actualizado: 16 de oct de 2019




A dos días de la entrada en vigor del TPP11, no podemos sino contemplar lo que el próximo año traerá para México y su campo en materia de comercio exterior. No sólo se trata del TPP11 y T-MEC, sino que México, poco a poco, se va posicionando como un referente obligado en términos de comercio exterior y, sobre todo, como un potencial aliado indispensable en cuestiones agroalimentarias.


Si bien es cierto que en el sector agroalimentario las cifras de comercio exterior reportan superávit constante y favorable, las cifras son movidas sólo por el 5% de los productores nacionales, mientras que 10 % adicional no lo hace de forma directa, sino intermitentemente a través de un intermediario. La realidad de nuestro campo es otra y, con una mayoría desproporcionada, más vale tener en cuenta dos escenarios: por un lado, las negociaciones macroeconómicas correctas entre países y, por otro, la planeación de infraestructura y métodos de cultivo correctos que permitan el comercio exterior.


En el panorama general, tenemos los avances en las negociaciones del Tratado de Libre Comercio de la Unión Europea y México, tratado por virtud del cual México solidificará su comercio exterior con los 28 países pertenecientes al bloque económico, uno de los más fuertes del mundo. Pese a las obligadas reservas de las denominaciones de origen en alimentos, que los países guardan con tanto recelo, el tratado promete reducir los aranceles de manera paulatina y eliminar las cuotas que interfieren con el libre intercambio de bienes. Esto, claro, sin mencionar los claros beneficios a los consumidores finales de ambas partes; sí, los productos mexicanos llegarán cada vez más a anaqueles en otros países, pero también los consumidores mexicanos podrán tener acceso a productos endémicos del Viejo Continente a precios competitivos. Claro que esto no puede ser del entero agrado de todos, puesto que algunos consideran que México y sus productores más desfavorecidos no se encuentran en condiciones de competir en el mercado a lado de productos y productores extranjeros, pues se encuentran aventajados debido a sus avances tecnológicos, a su eficiencia de producción o, incluso, gracias a los apoyos ofrecidos desde el gobierno hacia el campo. No olvidemos el levantamiento del primero de enero de 1994, cuando los campesinos indígenas del país se pronunciaron a partir de la entrada en vigor del TLCAN. Estas políticas, consideradas como neoliberales, no contemplaban, decían, a los productores mexicanos y los ponían en condiciones de olvido y abandono frente a un capitalismo depredador. Han pasado 24 años, hay un nuevo acuerdo entre los países de América del Norte gestándose, pero las voces disidentes aún se hacen escuchar. Habrá que ver de qué manera reaccionarán los productores mexicanos ante una inminente apertura al comercio exterior, ya no sólo con los Estados Unidos y Canadá, sino con gran parte del mundo.


Claro que no todo es América y Europa, sino también Asia y, entre estos dos últimos, está Turquía. Recientemente, el embajador turco mencionó que su país quiere retomar las negociaciones por un tratado de libre comercio con México. Cabe señalar que estas negociaciones en pro de un comercio exterior sólido entre ambas naciones, quienes le apuestan a la diversificación comercial de sus respectivas economías, se pusieron en pausa debido al ascenso al poder de Donald Trump quien, de inmediato, volvió una prioridad la renegociación del TLCAN. México puso en segundo plano todo otro acuerdo comercial que no fuera éste y, por más de un año, T-MEC fue el tema obligado. Ahora firmado y en espera de su ratificación y posterior entrada en vigor, Turquía vuelve a hacer un llamado a México para convertirse en un aliado de su comercio exterior. Mientras que ellos necesitan reducir su dependencia comercial con Europa, México necesita hacer lo propio con los Estados Unidos. Más vale que México lleve con premura, tanto las negociaciones con Turquía como con la Unión Europea, a buen puerto, pues una vez en efecto las provisiones de T-MEC, nuestro país tendrá que informar a las otras dos partes del acuerdo de todas las negociaciones e intentos de negociaciones que se hagan con cualquiera otra parte. Si bien a México le hace falta un respiro en su comercio exterior, posiblemente Estados Unidos no vea con muy buenos ojos que su socio agroalimentario más importante está buscando nuevas oportunidades de diversificación comercial.


Por último, tenemos la zona Pacífico a la que el TPP11 nos dará acceso. Son 11 países con los que México consolidará una nueva franja de alto impacto comercial, pero, como ya se ha mencionado antes, Japón es aquí en Santo Grial del libre intercambio comercial en materia agroalimentaria. Japón, debido a su territorio reducido y su reclusión natural propia de su geografía, necesita importar comida. Japón produce todo el arroz que consume, sí, y ha tenido políticas proteccionistas en ámbitos agropecuarios, pero esta apertura comercial no es más que una señal de que la Nación del Sol Naciente va a tener que empezar a buscar nuevas maneras de alimentar a su población.


La pregunta aquí es si los productores mexicanos están listos para recibir esta apertura sin precedentes al comercio exterior. Existe un problema de fondo cuando se intenta comercializar productos del campo al extranjero, y es que, si bien por lo general son pagados en muy buen precio, los productores mexicanos suelen ser renuentes a siquiera intentar el proceso de exportación a países que no han sido tan trabajados, como a los Estados Unidos y Canadá. No es para menos; por años, México ha exportado a Estados Unidos más de 80% de su producción y, como en su mayoría son productos frescos, el miedo a las posibles mermas provoca el dejar de intentar comercializar a un país más lejano. Pero lo que es una realidad, es que el principal exportador a nivel mundial complementa sus exportaciones con producto mexicano. Recordemos que los primeros en llevar aguacate mexicano a Europa y Asia, fueron esos brókeres norteamericanos y, así como el aguacate, diferentes productos llegan a otros lugares con nuevos empaques o procesos de valor agregado sin que sea de forma directa por manos mexicanas. Existe un miedo real a exportar y a fallar en el intento, no sólo por la pérdida económica tangible, sino por la inversión en tiempo, esfuerzo y recursos. Una producción perdida puede ser el acabose para un agronegocio en el país.


Hay que recordar que se requiere del cumplimiento cabal de las normas fitosanitarias y zoo fitosanitarias de cada país al que se quiere exportar, para que los productos sean bien recibidos y no sean decomisados, devueltos o hasta destruidos. Esto requiere que los productores adecuen sus técnicas de cultivo o crianza a las disposiciones del país o a reglamentos internacionales. Claramente, si no se cuenta con la infraestructura, la asesoría, la tecnología o, incluso, los recursos necesarios para pensar en invertir en nuevas técnicas de producción, se optará por quedarse con lo que ya se está haciendo o ya se conoce. Después de todo, intentar exportar es arriesgado y requiere de una curva de aprendizaje que depende de lo estricto de cada nuevo mercado. Si a esta sumamos que no siempre exportar es la mejor opción, sino que el mercado nacional de consumo da lo suficiente como para pensar que, para exportar, a veces, “sale más caro el caldo que las albóndigas”, nos encontramos en un escenario de suma cero en el que, por más negociaciones que haya y más misiones comerciales se lleven a cabo, siempre dependerá del productor, de su disposición y del precio final. Mientras no haya incentivos por parte del gobierno a diversificar la cartera comercial por medio de proporcionarle subsidios, asesoría en términos de inocuidad, gestión y hasta logística, será muy difícil que los productores locales, sin importar su tamaño, quieran arriesgarse. No todos los agronegocios tienen los recursos suficientes como para costearse una producción fallida, aunque, a la larga, las recompensas sean cuantiosas.


Entonces, si la nueva administración decide invertir en infraestructura, en transferencia tecnológica, en la industria de la transformación para ofrecer valor agregado y, sobre todo, en capacitación y seguimiento para que los apoyos al campo no sean meros instrumentos asistencialistas, entonces México no tiene de qué preocuparse y la apertura comercial no será sino un nuevo aliciente a fortalecer la industria nacional y a dedicarse a las labores del campo y a negocios agroindustriales; después de todo, con tantas opciones nuevas abriéndose, podemos encontrarnos con un caso similar a la de la Fiebre del Oro. Si algo empieza a ser lucrativo, sólo es cuestión de tiempo para que los demás lo noten y empiecen a replicar el comportamiento. Claro que, de no ser el caso, siempre se corre el riesgo, como ha sucedido anteriormente, de que los pequeños productores se ahoguen en esta marea imparable de comercio exterior.


Ahora bien, ante una apertura comercial, hay que entender que del otro lado también van a querer vender, y ante eso, ¿Cómo puedo pensar en importar comida si mis productores locales no pueden cultivar ni para ellos mismos? ¿Cómo pongo a competir a pequeñas huertas de una hectárea que dependen del riego de temporal contra los grandes invernaderos en la vanguardia de la tecnología, y más cuando los costos y volúmenes de producción de ambos son abismalmente distantes? El comercio exterior es necesario, pero el gobierno no sólo debe dedicarse a firmar acuerdos, sino a un verdadero fortalecimiento del campo y una modernización de la industria. Para ver hacia afuera, primero debemos sanar los problemas de adentro o, de lo contrario, no hay forma en que salgamos bien parados de este intercambio. Los tratados comerciales son letra muerta en tanto los productores no se convenzan (o sean convencidos) de que vale la pena invertir en adecuarse a los criterios de importación de otros mercados, y este convencimiento no va a venir con retórica ni con política, sino a través de recursos, incentivos, infraestructura y capacitación.


Es por esta razón que Smattcom, el comercio inteligente para el agro, sigue planteando soluciones aptas para el campo mexicano. Si le ofrecemos a los productores las herramientas para participar del mercado, con opciones directas, con información de precios, en un entorno justo y con información completa, será mucho más fácil para ellos aprovechar las oportunidades. Como productor, la clave es estar preparado para exportar cuando sea favorable y estar informado. No sólo pueden comerciar de manera directa con usuarios de 22 países, sino que pueden conocer en tiempo real en qué precio vender sus productos de manera justa y, sobre todo, quién está buscando lo que se tiene por ofrecer. Smattcom coadyuva en la solución de problemas que van desde la merma por sobreproducción hasta la identificación de oportunidades directas en diferentes mercados o zonas productivas. La estrategia del nuevo gobierno incluye dotar de acceso a internet a las comunidades rurales y fomentar el desarrollo social, y Smattcom puede ser la herramienta que les ayude a, verdaderamente, lograr una modernización del campo y de la comercialización de sus productos. México tiene en su catálogo productos de alta demanda en el extranjero, como el jitomate, el aguacate, el café, el chocolate y hasta el tequila o el mezcal. Es momento de que todos los productos agroalimentarios de México, que son de los más diversos del mundo, lleguen a ser conocidos en otros países, para que 2019 sea, en definitiva, el año Hecho en México.

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